Hacia ciudades inteligentes,
sustentables e inclusivas.

Estonia, país con uno de los ecosistemas digitales más avanzados del mundo, deja muchas enseñanzas para la gestión de ciudades y provincias a nivel tecnológico. En el episodio 20 del ciclo de entrevistas del canal de YouTube de Utopía Urbana, conversamos con Gustavo Giorgetti, profesor y consultor experto regional en transformación digital y diseño de ecosistemas tecnológicos e interoperabilidad, quien contó cómo la experiencia digital estonia es aplicable a Argentina, por qué la digitalización del Estado no es un problema de software sino de cultura política y qué significa ordenar el “espacio público digital”.

¿Qué puede aprender Argentina del modelo estonio? ¿Por qué la digitalización del Estado no es un problema de software sino de cultura política? ¿Y qué significa, en términos concretos, ordenar el “espacio público digital”?

En el episodio #20 del ciclo de entrevistas de Utopía Urbana sobre el futuro de las ciudades, el ingeniero Gustavo Giorgetti —referente en transformación digital e investigador en gobernanza de ecosistemas e interoperabilidad— planteó una tesis incómoda: tecnología hay de sobra. El verdadero déficit está en las reglas, en la continuidad institucional y en la confianza. Sin esos tres pilares, cualquier plataforma es apenas maquillaje digital sobre estructuras analógicas.

Estonia se convirtió en el caso de referencia global por una decisión estratégica tomada hace más de dos décadas: construir un Estado digital desde la arquitectura, no desde los trámites aislados. Los impactos de los avances en este pequeño país europeo son inobjetables. Allí se consolidó uno de los ecosistemas digitales más avanzados del mundo, en el que la totalidad de servicios públicos están disponibles online, fue pionero en la idea de Identidad digital y existen elecciones electrónicas desde 2005.

Con este enfoque es posible acceder a servicios públicos y privados de forma segura, votar online, firmar documentos digitalmente y gestionar negocios remotamente, entre otras cuestiones. Además, y no menos importante, se estima que el Estado se ahorra al menos un 30% del tiempo administrativo gracias a la tecnologia. 

El principio rector para avanzar en el Estado digital en Estonia fue el conocido Once Only: el ciudadano entrega un dato una sola vez y el Estado no puede volver a pedírselo. Pero ese principio no es técnico. Es normativo.

“La primera ley en Estonia decía que nadie puede guardar un dato que no produce”, explicó Giorgetti. Esa definición obliga a que cada organismo sea responsable de su información y a que los datos permanezcan en su fuente auténtica. Si se copian, se degradan. No necesariamente por mala fe, sino por algo más simple: el paso del tiempo. Un domicilio cambia. Una situación fiscal se actualiza. Una habilitación vence. Cuando la administración trabaja con copias de copias, la calidad del dato se erosiona y con ella se deteriora la calidad de las decisiones públicas.

El contraste cultural aparece cuando se intenta replicar esa lógica en Argentina. “No guarden datos que no producen”, fue la instrucción inicial en experiencias locales. El reflejo fue el contrario: almacenar más información “por las dudas”. La desconfianza se tradujo en redundancia. Y la redundancia, en más burocracia.

Ahí se revela el núcleo del problema: no es falta de infraestructura tecnológica. Es falta de decisión política para ordenar el ecosistema.

En el episodio #20 del ciclo de entrevistas sobre el futuro de las ciudades del canal de You Tube de Utopía Urbana conversamos con Gustavo Giorgetti sobre “qué puede aprender Argentina de Estonia para transformar sus ciudades”. Además de un enfoque directo, lenguaje preciso, Gustavo nos dio respuestas sólidas gracias a su experiencia como referente regional en transformación digital y diseño de ecosistemas tecnológicos; profesor de la Maestría en la Universidad de San Andrés en la materia ‘Países con diseño digital – Estonia’; investigador en la Universidad FASTA en Gobernanza de Ecosistemas  e Interoperabilidad Descentralizada; y CEO de ThinkNet S.A., desde donde ha desplegado 8 Ecosistemas Digitales de Integrabilidad en Argentina.

El concepto que Giorgetti acuñó en Neuquén es contundente: Urbanismo Digital. No habla de aplicaciones ni de inteligencia artificial. Habla de reglas de convivencia en el espacio público digital.

La metáfora es urbana porque ayuda a entender la dimensión del problema. En el mundo físico existe un código de edificación. Ningún desarrollador puede construir un edificio en medio de una plaza aunque tenga capital suficiente para hacerlo. El espacio común está regulado. Hay límites, responsabilidades y criterios de planificación.

En el mundo digital, en cambio, cada organismo implementa sistemas de manera autónoma, muchas veces sin estándares comunes, sin interoperabilidad real y sin pensar en la experiencia integral del ciudadano. El resultado es un entramado fragmentado donde cada dependencia optimiza su proceso interno sin mirar el sistema completo.

“El urbanismo digital es nivelar la vereda”, sintetizó Giorgetti. La imagen no es menor. En una ciudad donde cada frentista construye su tramo sin coordinación, el peatón tropieza a cada paso. En la gestión pública, el ciudadano hace de mensajero involuntario: lleva certificados, imprime constancias, valida información que el propio Estado ya posee.

Ordenar esa vereda invisible implica establecer reglas claras sobre cómo se producen, comparten y auditan los datos. No es despapelizar una oficina. Es rediseñar la arquitectura institucional sobre la que circula la información.

La pieza tecnológica que sostiene el modelo estonio es X-Road, una infraestructura de interoperabilidad descentralizada. Su lógica es tan relevante como su ingeniería: no centraliza la información en un único repositorio, sino que conecta bases de datos que permanecen bajo control de cada organismo.

Esa diferencia no es técnica, es política.

En un modelo centralizado, la eficiencia puede ser alta, pero el riesgo de opacidad también. En un modelo descentralizado, cada acceso queda registrado y el ciudadano puede saber quién consultó su información y con qué propósito. La trazabilidad es parte constitutiva del sistema.

Giorgetti relató una anécdota que expone el nivel de sofisticación institucional. En Estonia, si un juez ordena la captura de una persona, se suspende temporalmente el derecho a monitorear el uso de sus datos. Sin embargo, una vez ejecutada la orden, el ciudadano recupera ese derecho y puede revisar qué organismos intervinieron en el proceso. La transparencia no es un discurso político. Es un diseño operativo.

En Argentina, la ecuación es distinta. La desconfianza es estructural. Si la ciudadanía percibe que la información puede utilizarse en su contra, los datos que brinda serán incompletos o inexactos. Sin confianza, la estadística pierde valor. Y sin estadística confiable, las políticas públicas se construyen sobre terreno inestable.

La interoperabilidad descentralizada no es solo una solución técnica. Es un mecanismo para reconstruir confianza institucional.

Para Giorgetti, el obstáculo más persistente no es la falta de normativa técnica ni de capacidades tecnológicas. Es la discontinuidad política. Cada cambio de gestión suele implicar la tentación de borrar lo anterior y comenzar desde cero. En el plano urbano eso sería impensable: ningún intendente demuele el código de edificación cuando asume. Lo revisa, lo mejora, pero no lo reinicia.

En el plano digital, esa lógica aún no se consolidó.

La transformación digital del Estado debería ser una política pública transversal, sostenida más allá de los ciclos electorales. Sin continuidad, la arquitectura nunca termina de consolidarse. Y sin arquitectura, la digitalización se reduce a proyectos aislados.

Cuando el impacto se mide en tiempo ciudadano ahorrado, la discusión adquiere otra escala. En Neuquén, un trámite de libre deuda de rentas medido en 2018 representó un ahorro equivalente a 108 años de tiempo acumulado en un solo año. No es una cifra retórica. Es productividad social liberada.

No se trata de “modernizar” oficinas. Se trata de dejar de usar al ciudadano como cadete del propio Estado. De eliminar la circulación innecesaria de papeles y validaciones repetidas. De construir un ecosistema donde la información fluya sin fricciones.

Giorgetti remarca que en Argentina ya hay 7 Ecosistemas Digitales Integrados a nivel provincial, destacando el caso pionero de Neuquén. Pero también pone enfásis en casos concretos como el de Mendoza, donde en 2025 se logró abrir una SAS (Sociedad Anónima Simplificada) en un portal o en un aplicativo de teléfono en sólo 2 horas, algo casi similar a lo que ocurre en Estonia (referente mundial), y lo hacer interoperando a 9 organismos públicos.

El debate sobre ciudades inteligentes suele centrarse en sensores, plataformas o inteligencia artificial. Es un debate atractivo, pero superficial si no se aborda el orden estructural del sistema.

Urbanismo Digital no es una etiqueta conceptual. Es la afirmación de que el espacio público digital requiere planificación, normas y responsabilidad política. Sin reglas, la tecnología amplifica el desorden. Con reglas, lo corrige.

El modelo estonio demuestra que la transformación no empieza con una aplicación. Empieza con una decisión.

Y esa decisión no es técnica.

Es institucional.

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